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Las Cuatro Estaciones del Parque Central de Tegucigalpa

Mitología, tiempo y ciudad en el espacio público

Caminar por el Parque Central de Tegucigalpa es una experiencia cotidiana para muchos. Se cruza el parque rumbo al trabajo, se descansa un momento en una banca o simplemente se pasa de largo. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a observar con atención las esculturas que lo rodean, esas figuras silenciosas que llevan más de un siglo formando parte del paisaje urbano.

Conocidas como Las Cuatro Estaciones, estas esculturas no están ahí por casualidad. Son testigos de una forma de pensar la ciudad, el tiempo y el arte público.

Un proyecto de ciudad moderna

La llegada de Las Cuatro Estaciones a Tegucigalpa se inscribe en los procesos de modernización urbana impulsados a finales del siglo XIX, durante el gobierno de Marco Aurelio Soto. En ese momento, la capital buscaba proyectarse como una ciudad ordenada, moderna y alineada con los modelos culturales europeos.

El parque central no era solo un espacio de recreo. Era un escenario simbólico donde el Estado mostraba progreso, civilidad y aspiraciones culturales. El arte público cumplía una función pedagógica: educar la mirada y acompañar la vida cotidiana de la ciudad

De Europa a Honduras

Las esculturas fueron encargadas en Europa, siguiendo una tradición muy común en plazas y jardines de Italia y Francia. La gestión de estas obras se realizó a través del ingeniero Francisco A. Durini, quien actuó como intermediario en la adquisición de esculturas y monumentos destinados al espacio público hondureño.

Talladas en mármol de Carrara, material asociado históricamente a la escultura clásica y académica, las piezas respondían a modelos artísticos ampliamente difundidos en las capitales europeas del siglo XIX. Su instalación en Tegucigalpa buscaba integrar la ciudad a ese mismo lenguaje visual.

Un origen más antiguo

Aunque llegaron a Honduras en el siglo XIX, la idea de representar las estaciones es mucho más antigua. Su origen se remonta a la Antigüedad grecorromana, cuando griegos y romanos personificaban conceptos abstractos —como el tiempo, la naturaleza o las estaciones— mediante figuras humanas.

Estas representaciones no eran simples decoraciones. Funcionaban como alegorías: imágenes creadas para explicar y ordenar el mundo a través de símbolos comprensibles para todos.

Figuras mitológicas, no simples adornos

En el caso del Parque Central de Tegucigalpa, cada estación está asociada a una figura de la mitología clásica:

  • Primavera – Perséfone, vinculada al renacimiento y al retorno de la vida.

  • Verano – Deméter, diosa de la agricultura y la abundancia.

  • Otoño – Dionisio, asociado a la cosecha, el vino y la celebración.

  • Invierno – Cronos, símbolo del tiempo, el desgaste y el ciclo que se cierra.


Estas figuras no deben entenderse como representaciones religiosas en sentido estricto, sino como alegorías del paso del tiempo y de los ciclos naturales que rigen la vida humana.

El tiempo hecho ciudad

Juntas, Las Cuatro Estaciones narran un ciclo completo: nacimiento, plenitud, cosecha y reposo. Colocadas en el parque, dialogan con el ritmo de la ciudad y con la vida de quienes la habitan. Son una invitación silenciosa a recordar que las ciudades también cambian, envejecen y se renuevan.

A menudo, el patrimonio se asocia únicamente a museos o edificios cerrados. Sin embargo, estas esculturas nos recuerdan que la historia y la cultura también están al aire libre, formando parte de los espacios que transitamos todos los días.

Mirar de nuevo

Detenerse frente a Las Cuatro Estaciones es un ejercicio simple pero revelador. Basta con observarlas, leer sus placas y preguntarse por qué están ahí. En ese gesto, la ciudad se vuelve más legible y cercana.


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