En Comayagua hay un monumento que suele pasar desapercibido. No tiene placas llamativas ni grandes ornamentos, pero su historia es tan singular que, según la tradición, llegó a sorprender al propio rey de España. Se trata de La Picota, una columna de piedra que guarda en silencio siglos de poder, justicia y memoria.
Originalmente, este monumento no nació como picota. Fue levantado para conmemorar la Constitución de Cádiz, promulgada en 1812, un texto fundamental que introdujo ideas avanzadas para su tiempo, ciudadanía, representación política y límites al poder absoluto del monarca. En pleno contexto colonial, estas ideas marcaron un momento de transición en el mundo hispánico.
En ese momento histórico, Comayagua era una ciudad clave. Funcionaba como centro político y administrativo del territorio hondureño durante la época colonial, razón por la cual se eligió este lugar para erigir un monumento de carácter civil y simbólico. Su ubicación, frente a la iglesia de La Merced, no fue casual: el espacio público era también escenario del poder.
La columna se levantó como un recordatorio visible de las nuevas ideas constitucionales que llegaban desde España, y como señal de que Comayagua formaba parte activa de ese proceso histórico.

Cuando el uso cambió el nombre
Con el paso del tiempo, la función del monumento cambió. La columna comenzó a utilizarse como picota, una estructura común en el mundo español donde se impartía justicia de forma pública. En estos espacios se leían sentencias, se exponía a los condenados y se ejecutaban castigos, buscando que la justicia fuera visible y ejemplar.
Ese uso prolongado terminó imponiéndose en la memoria colectiva. Aunque su origen fue conmemorativo, el pueblo comenzó a llamarla simplemente La Picota, nombre que persiste hasta hoy. En este caso, el uso cotidiano terminó redefiniendo el significado original del monumento.

Un monumento discreto, pero excepcional
Hoy, La Picota es uno de los monumentos civiles más antiguos de Comayagua. No siempre llama la atención del visitante apresurado, pero su presencia permite entender cómo funcionaba la autoridad, la justicia y el espacio público en la época colonial.
No es una escultura decorativa. Es un testigo material de cómo el poder se ejercía a la vista de todos y de cómo los símbolos podían transformarse con el paso del tiempo.
El costo que sorprendió al rey
La historia que más curiosidad despierta es la de su costo. Según la tradición, la construcción del monumento ascendió a cuatro millones de pesos, una suma enorme para la época. Al recibir la cuenta, el rey habría comentado que el monumento debía ser tan grande que tendría que verse desde España.
Más allá de la anécdota, esta historia refuerza la idea de que no se trataba de una obra menor, sino de un símbolo de gran importancia política y representativa.

Mirar de nuevo lo que siempre estuvo ahí
La Picota sigue en pie. Ya no proclama leyes ni castigos, pero continúa cumpliendo una función esencial: recordarnos quiénes fuimos y cómo se construyeron nuestras ciudades. A veces, basta con detenerse frente a estos monumentos discretos para descubrir que la historia no siempre está en los museos, sino en las plazas que cruzamos todos los días.


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