Durante muchos años, antes de que existieran aplicaciones del clima o pronósticos satelitales, las cabañuelas fueron una forma de leer el año por venir. No se trataba de adivinar, sino de observar con atención, el sol, la lluvia, el viento, las nubes, incluso el silencio de ciertas mañanas. Era una lectura paciente del entorno, hecha a fuerza de experiencia.
Las cabañuelas consisten, de forma general, en observar el comportamiento del clima durante los primeros días de enero y asociar cada día con un mes del año. Si esos días venían secos, lluviosos, calurosos o nublados, así se esperaba que se comportaran los meses correspondientes. En algunas variantes se hacía una lectura “de ida y vuelta”, en otras se observaban las horas del día, y en muchas se combinaban con señales naturales como la floración de los árboles, el canto de las aves o el comportamiento de los animales.

Las cabañuelas en Honduras
En Honduras, esta práctica tuvo un peso especial. En un país donde la agricultura de subsistencia ha sido históricamente fundamental, anticipar la llegada del invierno o la duración del verano podía marcar la diferencia entre una buena cosecha y la pérdida del año. En regiones como Occidente, el sur y el oriente del país, muchas personas recuerdan a padres o abuelos atentos al cielo de enero, comentando con calma “Este año el invierno va a entrar tarde” o “va a ser un año seco”.
Con el paso del tiempo y la llegada de pronósticos modernos, las cabañuelas dejaron de ser una herramienta práctica para muchos. Sin embargo, no desaparecieron. Sobreviven en la memoria, en las conversaciones de inicio de año y en esa costumbre casi inconsciente de mirar el cielo buscando respuestas.

Hoy, más que un método para predecir el clima, las cabañuelas funcionan como un recordatorio. observar antes de decidir, escuchar el entorno, detenerse un momento. Tal vez no para basar toda una cosecha, pero sí para recuperar el gesto de mirar el cielo.
Si quiere estar pendiente, es sencillo. Observe los primeros días de enero, anote cómo amanece cada día, cómo se mueve el viento, si llueve o no, y compárelo con lo que ocurre meses después. Más allá de si acierta o no, el ejercicio vale por lo que enseña.


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